El trato humanizado sigue siendo un desafío en la lucha antiasilo en el país

En el Día Nacional contra el Asilo, recordado este lunes (18), expertos entrevistados por Valora que, si bien el país ha avanzado en la atención a las personas con trastornos mentales, aún es necesario superar barreras para lograr tratamientos verdaderamente humanizados.
En abril, la Ley 10.216/2001, conocida como Ley Antiasilo, cumplió 25 años. Entre los desafíos destacados por los expertos se encuentran la falta de regulación para las comunidades terapéuticas y de mayor diálogo entre el gobierno federal y los movimientos y organizaciones sociales involucrados en la causa, así como la falta de un espacio de derivación para pacientes con condiciones como ansiedad y depresión.
La fecha fue establecida en 1987 – dos años después de la dictadura cívico-militar-empresarial –, durante una reunión de trabajadores de la salud mental, realizada en Bauru (SP), considerada un hito en la lucha brasileña contra el asilo.
El Consejo Federal de Psicología (CFP) es una de las entidades que ha trabajado para defender la plena continuidad de la reforma psiquiátrica, que presupone el intercambio de estructuras de asilo para la mejora de la Red de Atención Psicosocial (Raps).
Raps abarca los Centros de Atención Psicosocial (Caps), donde los pacientes tienen acceso a medicamentos psicotrópicos y pueden involucrarse con artes y reuniones grupales o familiares, Unidades de Acogida (UA), servicios residenciales terapéuticos (SRT), el Programa Regreso a Casa (PVC), estos dos últimos espacios para acoger a pacientes que terminaron largas internaciones y no tienen familia o han salido de hospitales psiquiátricos y de custodia. También forman parte de la red las Unidades de Atención de Emergencias (UPA).
Las comunidades terapéuticas, dirigidas a personas con problemas de abuso de drogas psicoactivas y alcohol, reproducen las prácticas de los hospitales psiquiátricos, según señaló la presidenta de la Asociación Brasileña de Salud Mental (Abrasme), Ana Paula Guljor, y otras autoridades del área. No forman parte del Sistema Único de Asistencia Social (Suas) ni del Sistema Único de Salud (SUS) y permanecen en un limbo legal, en consecuencia, sin un propósito bien definido en la práctica. Ana Paula destaca que, a pesar de ello, reciben fondos públicos de difícil seguimiento, y muchas veces han sido denunciados por vulnerar los derechos básicos de los pacientes que atienden.
“RDC 29 [Recomendação 29/2011, do Ministério da Saúde] “Es muy genérico”, afirma el presidente, al mencionar un dispositivo que atiende a los requisitos básicos de seguridad sanitaria que sirven de parámetro a las comunidades terapéuticas.
En una nota, Abrasme sostiene que la mayoría de las comunidades terapéuticas tienen un carácter filantrópico y, por tanto, la inversión pública que se les aplica consiste en la “privatización de servicios, distorsión del propósito público y del marco regulatorio del país”. En el ámbito de los cuidados, añade, son fundamentales las acciones de reducción de daños y reinserción social, que no son priorizadas por estas comunidades.
Recientemente, cinco consejos nacionales adoptaron una posición similar: Salud; Asistencia Social; el de Derechos Humanos; los Derechos de la Niñez y la Adolescencia; y Política de Drogas, además del Mecanismo Nacional para Prevenir y Combatir la Tortura.
Ana Paula Guljor también afirma que, si bien son importantes, los informes que documentan violaciones de derechos cometidas en el ámbito de las comunidades terapéuticas no son capaces de monitorearlas plenamente, tal es la cantidad de ilegalidades. Uno de ellos es elaborado por el Ministerio Público Federal (MPF). El Consejo Federal de Enfermería (Coren) es otra entidad que se opone a ellas.
El gobierno afirma que, desde hace tres años, investigadores y auditores, incluidos los de la Contraloría General de la Federación (CGU) y del Tribunal Federal de Cuentas (TCU), brindan mayor transparencia sobre lo que sucede en las comunidades y la forma en que se utiliza el dinero de la población. En enero de este año, el Ministerio de Salud informó que se estaba estudiando una revisión de los lineamientos y estándares de financiamiento de Raps.
El carácter punitivo identificado en la política de seguridad, que enfatiza el encarcelamiento de personas que cometen delitos de todo tipo, también da forma a las políticas de salud mental y drogas.
“En São Paulo, se propone instalar cámaras en las antesalas, en los pasillos de las instituciones que atienden a personas que consumen drogas, se restringe el acceso”, reflexiona Ana Paula Guljor.
El representante del Frente Estatal Antiasilo de São Paulo, Moacyr Bertolino, recuerda la exitosa iniciativa del Programa De Braços Abertos, capaz de sacar de la vulnerabilidad a consumidores de drogas en la zona conocida como Cracolândia. Fue lanzado en 2014 por el entonces alcalde de São Paulo, Fernando Haddad.
Los beneficiarios tenían derecho a vivir en hoteles por 15 reales al día, tres comidas y un curso de formación. También pudieron trabajar a pocos metros de donde vivían, lo que facilitó la mejora de su estado médico y psicológico en la tríada de “trabajo, alojamiento y tratamiento”, recomendada por expertos de todo el mundo.
Bertolino dice que, actualmente, los gobiernos no sólo no cubren los costos de los Raps, favoreciendo la precariedad de sus equipos, sino que también contribuyen al crecimiento de los asilos. Según él, es un sector que acaba lucrando con la explotación del sufrimiento ajeno.
Para él, uno de los principales problemas de las comunidades terapéuticas es la convicción de que existen fórmulas mágicas de curación, un discurso que no se sustenta en la realidad, ya que cada paciente debe tener su tratamiento individualizado. En la propia Cracolândia, el enfoque centrado en la hospitalización resultó ineficaz, ya que muchos usuarios consultados en una encuesta declararon que lo veían como una medida transitoria y no como una solución.
Durante el gobierno de Dilma Rousseff, evalúa, los logros fueron “indiscutibles”, seguidos de reveses en el gobierno siguiente. “Cuando hay conservadurismo y retorno al pasado, los primeros en sufrir son los más vulnerables, la población sin hogar, los consumidores de drogas y alcohol”, afirma.
“El hospital psiquiátrico es el espacio central de un poder médico y psiquiátrico que históricamente se ha construido sobre la concepción de que la persona tiene la culpa del sufrimiento. A veces, la persona sufre precisamente porque es objeto de diversos tipos de violencia. ¿Y qué? [os hospitais psiquiátricos e outros equipamentos similares] oferta de cuidados es el aislamiento”, resume Bertolino.
pasado oscuro
Río de Janeiro albergó la primera institución a la que se enviaba a personas consideradas “fuera de lo normal”, de las que la corte imperial quería deshacerse. El Hospício Pedro II comenzó a funcionar en 1852, vinculado a la Santa Casa da Misericórdia de Río de Janeiro, lugar que hasta entonces desempeñaba esa función. La sustitución coincidió con la creación, en 1829, de la Sociedad de Medicina de Río de Janeiro y su transformación, en 1835, en Academia Imperial de Medicina y con inspecciones de la Comisión de Salud de la Santa Casa.
Durante estas visitas, el equipo constató que los “locos” vivían en condiciones degradantes y debían someterse a tratamientos en los que la medicina era el centro. Allí comenzó el discurso a favor de la medicalización de los pacientes con trastornos mentales como principal recurso para su superación y el fortalecimiento de la profesión médica como autoridad central en el debate.
El “Palácio dos Loucos” alojó inicialmente hasta 140 pacientes y contó con el apoyo no sólo de políticos, sino también de filántropos e intelectuales. Con la renovación, podría recibir 400 pacientes y sólo cambió un poco su perfil a principios del siglo XX, cuando asumió el médico bahiano Juliano Moreira, uno de los primeros seguidores de las ideas del padre del psicoanálisis, el austriaco Sigmund Freud. Su implementación permitió la eliminación de camisas de fuerza y rejas de hierro.
El mismo año de la inauguración del “Palácio”, apareció en la famosa Rua São João, en la capital de São Paulo, el Hospital Provisional para Enajenados, mucho más pequeño, con estructura para nueve pacientes. Inspirado por el Congreso Internacional de Alienistas, celebrado en 1889, en París, el doctor Juliano Moreira, uno de los primeros psiquiatras brasileños, designado para comandar el asilo de São Paulo dos años después, quedó encantado con la propuesta de construir colonias agrícolas en los asilos.
Así, en 1898, se fundó en Franco da Rocha (SP) la Colonia Agrícola para Pueblos Enajenados de Juquery, destinada a atender a 300 pacientes y, en 30 años, sumar 2.000, distribuidos en cinco pabellones para mujeres, cuatro para hombres y uno para niños, y con lista de espera de plazas. En el siglo XIX hubo una multiplicación de los asilos: Hospício de Alienados de Olinda, en Pernambuco; Hospicio Provisional para Enajenados de Belém; Asilo para Enajenados São João de Deus, en Salvador; Hospicio para Enajenados São Pedro, en Porto Alegre.
Se estima que, en total, 120.000 personas estuvieron recluidas en el Hospital Psiquiátrico de Juqueri, entre ellos presos políticos de la dictadura instaurada con el golpe de 1964. La Casa de Custodia y Tratamiento de Taubaté cobró igualmente notoriedad, al ser considerada la cuna del Primer Comando de la Capital (PCC). La institución se estableció en 1911 y la facción en 1993.
Otro lugar incluido en el mapeo de la historia de la salud mental en Brasil es el Hospital Colonia de Barbacena, en el interior de Minas Gerais. Su cierre se anunció el mes pasado, lo que generó planes para sacar a los 14 pacientes restantes, todos ellos sin familia. En aquella ocasión, el gobierno estatal confirmó el mantenimiento del Centro Hospitalario Psiquiátrico de Barbacena y del Museo de la Locura, para preservar la memoria de las víctimas del antiguo hospital.

