La soja certificada puede generar hasta R$ 5,6 mil millones por año y ampliar mercados

La certificación de la soja baja en carbono puede abrir un nuevo frente de valorización de la cadena productiva brasileña, con potencial de generar hasta R$ 5,6 mil millones anuales en valor asociado al carbono hasta 2035, además de garantizar el acceso a mercados más exigentes y mejorar la rentabilidad de los productores. La evaluación figura en un estudio de la consultora LEK Consulting publicado en junio de 2026.
Según la encuesta, la principal ganancia de la certificación no está en la venta de créditos de carbono, sino en la combinación de primas pagadas por la soja certificada, costos de producción reducidos y un mayor acceso a compradores globales interesados en cadenas sostenibles. La estimación es que el PSBC (Programa de Soja Baja en Carbono) podría agregar alrededor de R$ 560 por hectárea a la rentabilidad del productor.
El estudio proyecta que, en el escenario base, alrededor del 31% del área cultivada con soja en Brasil debería estar certificada hasta 2035, equivalente a aproximadamente 17 millones de hectáreas.
En este caso, el impacto climático alcanzaría 23 millones de toneladas de CO₂ equivalente por año, y podría llegar a 57 millones de toneladas si se considera el potencial de secuestro de carbono en el suelo identificado por Embrapa.
Eric Emiliano, socio de LEK Consulting, destaca que el papel principal de la certificación es proporcionar una base técnica sólida para medir las emisiones. “El mayor valor de la certificación está precisamente en la creación de la base científica. Esto aporta credibilidad y datos auditables para sostener un mercado que debe consolidarse en el mediano y largo plazo”, dijo a CNN Brasil.
Respecto al potencial de generación de créditos de carbono, la proyección del experto es significativa. “Tenemos una metodología propia que indica que, en los próximos diez años, alrededor del 30% del área cultivada con soja en Brasil podría certificarse, el equivalente a aproximadamente 17 millones de hectáreas”, destacó.
En términos financieros, el mercado podría mover miles de millones de reales. “Con un precio de R$ 100 por tonelada de carbono, estaríamos hablando de una generación de valor de entre R$ 2 mil millones y R$ 3 mil millones por año. En escenarios más ambiciosos, con precios cercanos a los practicados en Europa, ese valor podría alcanzar R$ 5 mil millones anuales”, destacó Emiliano.
La certificación fue desarrollada por Embrapa Soja y se basa en un protocolo MRV (medición, reporte y verificación), que compara el desempeño ambiental de los cultivos con los sistemas de producción propios de cada región sojera.
Se espera que las primeras certificaciones se realicen en 2026, luego del registro del programa en el Ministerio de Agricultura y la acreditación de certificadores independientes.
La expectativa positiva está relacionada con la amplia adopción de las prácticas requeridas por la certificación. “Creemos firmemente en este potencial porque los protocolos obligatorios de Embrapa, como la fijación biológica de nitrógeno mediante coinoculación y siembra directa, ya son ampliamente utilizados por los productores de soja. Esto favorece la adopción de la certificación en los próximos años”, explicó el experto.
Mercado premium y nuevas oportunidades
El estudio señala que la certificación puede convertirse en un diferenciador competitivo para la soja brasileña en mercados como la Unión Europea y Asia, donde está creciendo la demanda de materias primas trazables y con menor huella de carbono.
Las empresas comercializadoras y procesadoras podrán obtener primas por la soja certificada y ampliar la participación en cadenas globales orientadas a la descarbonización.
Además, la certificación crea oportunidades para el desarrollo de productos financieros verdes, como crédito rural, seguros y bonos vinculados a prácticas sostenibles. Las cooperativas también deben desempeñar un papel estratégico al reunir a los productores y diluir los costos de auditoría y certificación.
Para el experto, los beneficios van más allá de las propiedades rurales y alcanzan a toda la cadena agroindustrial. “No vemos esto como un costo regulatorio, sino como un vector de demanda de soja brasileña, mercados en expansión y oportunidades de comercialización”.
“La industria de insumos puede beneficiarse de productos de mayor valor agregado, como biofertilizantes, biológicos e inoculantes. Los fabricantes de máquinas tienden a incorporar más tecnología y agricultura de precisión para cumplir con nuevos protocolos”, explicó.
Las tecnologías brasileñas reducen las emisiones
La baja huella de carbono de la soja nacional está fuertemente ligada a la FBN (fijación biológica de nitrógeno), tecnología responsable del 92% de la reducción de emisiones ya lograda por el cultivo.
Según el análisis, sin las tecnologías utilizadas actualmente en el país, la huella de carbono de la soja superaría las 1,7 toneladas de CO₂ equivalente por tonelada producida. Con las prácticas prevalecientes hoy en día, este indicador cae alrededor del 83%, y el sistema de soja baja en carbono reduce un 30% adicional.
Entre las prácticas obligatorias para obtener el sello se encuentran la siembra directa bien manejada y la fijación biológica de nitrógeno. El protocolo también fomenta acciones complementarias como ILPF (integración cultivos-ganadería-bosques), uso de bioinsumos, agricultura de precisión, manejo integrado de plagas y recuperación de áreas degradadas.
Rentabilidad en medio de la crisis de márgenes
La certificación llega en un momento de presión económica sobre los productores. El estudio destaca que los márgenes de la soja en Mato Grosso se volvieron negativos entre 2023 y 2025 debido al aumento de los costos y la caída de los precios. En este escenario, la ganancia estimada de R$ 560 por hectárea proporcionada por el PSBC podría transformar un margen negativo de R$ 404 por hectárea en un resultado positivo de R$ 156 por hectárea en 2025.
Para LEK, la agenda baja en carbono debería beneficiar no sólo a los productores, sino a toda la cadena agroindustrial, impulsando la demanda de bioinsumos, agricultura de precisión, crédito verde y materias primas sostenibles para los sectores de alimentos y biocombustibles.
Emiliano afirma que la monetización del carbono podría haber ayudado a aliviar las dificultades que han enfrentado los productores en los últimos años. “Si hoy tuviéramos un mercado consolidado para remunerar a los agricultores a través de créditos de carbono, estados como Mato Grosso habrían registrado una rentabilidad mucho mayor en los últimos tres años, un período marcado por márgenes estrechos y altas tasas de incumplimiento”, concluyó.



