Del membrillo al beiju, el clima amenaza la producción en los territorios quilombolas

En la comunidad rural quilombola de Nova Esperança, en la ciudad de Baraúna (RN), la campesina Sueli Bessa, de 39 años, recuerda que, cuando era niña, el olor a guayaba inundaba el lugar. Sin embargo, los períodos secos son cada vez más frecuentes y los frutos no presentan el mismo aspecto que antes.
Sueli es una de las líderes comunitarias que participan hasta este domingo (14) en el encuentro nacional de mujeres quilombolas, en Gama (DF), que colocó la justicia climática como uno de los temas principales. El presidente Lula visitó la reunión el jueves (11) y escuchó las inquietudes de las mujeres.
En el caso de la comunidad Potiguar, además de la guayaba, otras frutas y verduras, que forman parte de la vida de las 70 familias que allí habitan, también sufren los extremos climáticos. A veces con sequías, a veces con tormentas.
Debido a las dificultades, parte de la comunidad tuvo que abandonar la agricultura familiar y tuvo que buscar trabajo en industrias del casco urbano, que se encuentra a más de 20 kilómetros de distancia. La pista no ayuda.
La propia comunidad, que tampoco dispone de código de dirección postal (CEP), no está asfaltada. Las tormentas dejan calles y caminos intransitables. “Cuando llueve mucho allí, es horrible”, recuerda.
Además, no hay un suministro regular de agua y la comunidad depende de un pozo artesiano que, con la sequía habitual, ha hecho que la vida diaria y la agricultura sean más complejas.
Sueli Bessa, por ejemplo, vende jaleas y mermeladas en la comunidad y en ferias de la ciudad. Sueña con terminar la secundaria, en el colegio que está a 30 minutos, para algún día poder realizar un curso de educación superior. “En enfermería o derecho, para ayudar algún día a mi comunidad”.
Su hija, la estudiante Suelene Ribeiro, de 21 años, piensa lo mismo. Criadas en este espíritu comunitario, afirma que grupos de mujeres y jóvenes son conscientes de las dificultades que plantea el clima.
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El ingeniero agrónomo Fran Paula lanzó el libro Voces quilombolas: mujeres en defensa del clima Foto: Lula Marques/Agência Brasil.
Ante las dificultades que enfrentan todos los biomas como el de la comunidad Potiguar, la Coordinación Nacional de Articulación de Comunidades Rurales Quilombolas Negras (Conaq) lanzó, durante el encuentro de esta semana, el libro Voces quilombolas: mujeres en defensa del clima, 120 páginas.
El principal responsable del estudio fue el agrónomo Fran Paula, investigador de salud y medio ambiente.
Dice que hubo más víctimas femeninas asesinadas en espacios donde hubo un aumento de los grandes proyectos y el desmantelamiento de las políticas ambientales.
El trabajo presenta denuncias sobre los impactos de las grandes empresas que invaden territorios quilombolas, que ya enfrentan el colapso climático, en todos los biomas brasileños.
“Además de las denuncias, tenemos una estrategia metodológica sobre cómo aunar aportes prácticos para salvaguardar los territorios y la conservación ambiental, así como las resistencias”.
La investigadora, integrante del Conaq, nacida en la comunidad de Campina de Pedra (en Poconé-MT), dice que las acciones de conservación realizadas por mujeres son protagonistas de la encuesta.
“No sólo traemos denuncias del racismo ambiental, sino también notas, soluciones y estrategias que las mujeres estamos construyendo para enfrentar el cambio climático”.
Según el investigador, el libro presenta estrategias de vigilancia ambiental que ya utilizan los territorios. “Estos cambios los venimos monitoreando desde hace mucho tiempo desde las mujeres que permanecen todo el tiempo en los territorios y estamos conscientes de cuándo el problema está llegando a su punto máximo”.
Mayores víctimas
Fran Paula dice que las mujeres son las primeras en sentir los efectos y las últimas en abandonar el territorio. Ella ejemplifica que las plantas de energía eólica (concebidas como una alternativa de energía limpia) impactan la forma de vida y producción de las comunidades tradicionales.
Los avances de los grandes emprendimientos, la exploración petrolera y minera, además de los monocultivos, impactan en los territorios. El investigador indica que existe una situación generalizada de contaminación que ha afectado no sólo la salud física de las personas, sino también sus formas de vida y la continuidad de las identidades.
Por ello, defiende la necesidad de acelerar la regularización de las tierras quilombolas. “No hay justicia climática sin territorio garantizado, sin titulación de estos territorios que necesitan ser protegidos”.
Membrillo amenazado
Entre estos territorios que están por ser protegidos está el de la comunidad Mesquita, que se encuentra en Cidade Oeste (GO).
Según la coordinadora ejecutiva de Conaq, Sandra Braga, quien nació y creció allí, existe la expectativa de que el territorio finalmente sea demarcado este año. En la zona rural hay 785 familias, con alrededor de tres mil personas.
El primer registro de un grupo de vecinos se produjo en el siglo XVIII. El reconocimiento como territorio quilombola recién se produjo en 2006, cuando la Fundación Cultural Palmares completó estudios antropológicos para delimitar la región.
Sandra Braga advierte que la falta de título permite a los sojeros apropiarse de tierras que pertenecen a la comunidad.
Uno de los símbolos de resistencia en el lugar es la plantación de membrillo, de la que se obtienen diferentes productos, como mermeladas y jaleas. “Las familias tienen membrillos en casa para celebrar nuestra tradición”.
Los productores rurales de membrillo de la comunidad lamentan las variaciones climáticas, con largas sequías. Antes, el membrillo producía más que hoy. Incluso la fruta era más grande. “Mi padre (João Antônio Pereira) fue un gran defensor del bosque nativo”, explica.
Beso
Al igual que en la comunidad Mesquita, el cambio climático amenaza producciones que socavan la identidad misma de este pueblo. En la comunidad quilombola Divino Espírito Santo (también conocida con el sobrenombre de Divino Beiju), en São Mateus (ES), el cultivo de yuca para la producción de beiju artesanal disminuyó debido al caos climático.
“Vendemos en el mercado central de la ciudad. Somos conocidos por el beiju”, dice la agricultora Denise Penha, de 42 años.
Con una población de más de 300 familias, la comunidad aún necesita proteger la plantación de yuca de los impactos de los pesticidas utilizados por los agricultores cercanos. Para que el famoso beiju siga con el mismo sabor de vida orgánica y vida comunitaria.
