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¿Hacer campaña sin moverte del sofá es realmente hacer campaña?

¿Alguna vez has sentido que te comprometes con una causa al compartir un hashtag, una historia o una publicación? Esto es slacktivismo, también llamado “activismo vago”. La palabra apareció en 1995, de la pluma de Dwight Ozard y Fred Clark, para describir una forma de ciberactivismo sin una participación real. Con el auge de Internet y las redes sociales, esta práctica se ha disparado desde entonces. Pero ¿podemos realmente hablar de compromiso? Y sobre todo, ¿es útil?

Un compromiso… ¿especialmente simbólico?

Los detractores del slacktivismo son claros y no ven ningún compromiso con él. Según ellos, el slacktivismo es ante todo activismo performativo. Es decir, una forma de mostrar públicamente las propias convicciones sin coste real, esfuerzo ni consecuencias concretas en la realidad. Un compromiso que sólo te permitiría limpiar tu conciencia sin salir de casa.

Estas críticas resurgieron en particular durante el #BlackOutTuesday, donde millones de cuadrados negros invadieron nuestros feeds de Instagram mientras ciertas peticiones relacionadas con la muerte de George Floyd luchaban por reunir el mayor número de firmas. Este fenómeno se llama efecto sustitución: haber dado me gusta o haber compartido una publicación da la impresión de haber “ya hecho tu parte”. Además, los críticos del activismo en línea señalan una simplificación extrema en la que temas complejos, políticos e históricos, se reducen a códigos demasiado simplificados, como una simple imagen, un eslogan o un hashtag.

¿Una puerta de entrada al compromiso?

Sin embargo, la realidad tiene más matices. Para el sociólogo digital Baptiste Kotras, el slacktivismo debe considerarse una forma de acción entre otras. “Los movimientos sociales siempre han tenido muchas formas de movilizarse: manifestaciones, peticiones, etc. Si vamos más allá, podríamos decir que votar es una forma de acción política muy estandarizada y simplificada”, cree.

Detrás de esta idea, Baptiste Kotras insiste en un punto esencial que es la accesibilidad. El hecho de que estas formas de participación sean simples y codificadas permite ampliar el número de personas que pueden participar. Y elabora: “Si movilizarse significa escribir largas publicaciones en blogs con fuentes, con enlaces, con un discurso literario construido y bien escrito sobre un tema tan complejo como la guerra entre Israel y Hamás, de hecho es algo que no está al alcance de todos. »

En este sentido, dar me gusta o compartir se convierte en una puerta de entrada al compromiso, especialmente para audiencias muy alejadas de las formas tradicionales de participación.

Del clic a la calle

El slacktivismo no siempre está exento de consecuencias. De hecho, algunas movilizaciones en línea han dado lugar a acciones concretas. Por ejemplo, está el movimiento #BlackLivesMatter, donde la movilización digital estuvo acompañada de manifestaciones masivas en muchos países. Misma dinámica para #MeToo, que en apenas unos meses se ha convertido en un movimiento global que sigue surgiendo de diversas formas. En estos casos, el activismo en línea actúa como amplificador y transforma la indignación individual en movilización colectiva.

¿Mostrar compromiso o actuar realmente?

Sigue existiendo una crítica persistente a la autopresentación. Al compartir una causa, no sólo apoyas una idea, también te muestras como alguien consciente, informado y comprometido. Los más escépticos creen que esta forma de identidad digital puede en ocasiones prevalecer sobre la propia acción.

Pero detenerse en esta crítica sería demasiado simplista. Porque sí, el slacktivismo no necesariamente carece de sentido. Básicamente, dice algo sobre nuestro tiempo: una era en la que el compromiso también ocurre a través de las pantallas, donde la atención es un recurso clave y donde la visibilidad puede sacar a la superficie las causas.

Juan Pablo Broin

Es editor jefe con formación académica en periodismo, cursada en una universidad de Buenos Aires, Argentina. Su enfoque combina rigor informativo y criterio editorial, con especial atención a la verificación de fuentes y la claridad en la narrativa.

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