“Se respira fútbol en cada esquina”… ¿Y si le diésemos el resto del Mundial a los mexicanos?

De nuestro corresponsal especial para el país donde el fútbol es rey,
Hay algo que hoy debemos confesarte porque pesa en nuestro corazón. Desde el inicio de este road trip en torno al Mundial de 2026, nos hemos adaptado muy rápidamente al modelo americano, a su ritmo de vida, a sus hábitos y a su cultura. ¿Está el aire acondicionado a tope en todas partes para hacerte olvidar las temperaturas abrasadoras? Ooooo bebe. ¿Tomar el coche para el más mínimo viaje debido a sus ciudades-estado repartidas en kilómetros y kilómetros? ¡Con seguridad!
Y cuando llegamos a México el otro día, casi acabamos viviendo el Mundial a nuestra manera, en el mejor de los casos desapegados, en el peor, completamente indiferentes. Pero mientras recorría este hormiguero de 20 millones de habitantes que es la Ciudad de México, la naturaleza regresó al galope: ¡así es vivir un Mundial en un verdadero país futbolero! Mientras que en Los Ángeles, Kansas City o Dallas hay que recorrer los estadios los días de partido para sentir que algo está pasando, en México, el fiesta de pelota está en todas partes.
En México, la policía también instaló stands para dar la bienvenida a los aficionados al fútbol y ofrecer regalos a los niños.– Aymeric LE GALL
Aquí, la camiseta verde del Tri está sobre los hombros de todos y los bares se llenan desde la mañana hasta la noche para vivir los partidos con furia, pasión y exceso.
Ciudad de México, la ciudad que respira fútbol 24/7
En las calles es imposible dar un paso sin toparse con estos pequeños puestos hechos de cachivaches, donde venden casi todo lo relacionado con el fútbol y el Mundial. Y no nos referimos a las tiendas FIFA higienizadas que podemos ver aquí y allá en Estados Unidos y donde la más mínima camiseta cuesta un riñón. Aquí se trata de toda una economía local, que algunos llaman “paralela”, pero que también es perpendicular, circular y circunfleja, la que vive por y para el Mundial. Vendedores ambulantes que venden réplicas de la copa a tamaño real, muñecos de futbolistas por si se nos ocurre hechizar a este diablillo de Leo Messi, figuritas, cromos de coleccionista, balones y por supuesto camisetas, jerseys y más camisetas.
Las camisetas de “El Tri” se están comprando como tacos en toda la Ciudad de México.– Aymeric LE GALL
Pasear una mañana por el popular barrio de Tepito, al sureste del centro histórico de la ciudad, es como entrar en el paraíso de los aficionados al fútbol. Entre dos tacos preparados con cariño por una abuela vestida de verde de pies a cabeza, y una pequeña corona de limón y sal para acompañarlo, deambulamos por calles llenas de vida donde las camisetas de las selecciones valen menos que una pinta en un bar de París.
Mexicanos interesados (pero también un poco excluidos)
Cruzado en la esquina de una calle, un joven vendedor, de unos veinte años, tiene la vista fija en su teléfono, bien colocado en medio de su puesto de juguetes, para ver a Messi marcar su cuarto y quinto gol del Mundial contra Austria. “Este año ganará a Mbappé, será el máximo goleador. Tiene una misión”, advierte Fernando, que tuvo que tragarse el sombrero unas horas más tarde tras el nuevo doblete del que aquí todos llaman “Kyky”.
Si nos cuenta que celebrar el Mundial en su ciudad aumenta ligeramente la facturación que hace con su madre, lamenta que le impidan asistir a los partidos por el precio de las entradas. “Es imposible que la gente de aquí vaya al Azteca. Una entrada cuesta entre 70.000 y 80.000 pesos… ¡Sólo ladrones de la FIFA! Es un Mundial en México, pero sin la mayoría de los mexicanos”.
En su carpa un poco más alejada, con rap latino a todo trapo, Wilki, un peluquero callejero venezolano de 24 años, nos dice lo mismo entre dos pasadas de maquinilla: “Tenemos la impresión de que nos hacen a un lado, que no es para nosotros sino para los ricos y los extranjeros. Después el ambiente es genial a pesar de todo, en México todo el mundo es futbolero”. Es también la sensación de dos francesas que se encuentran en la terraza de un restaurante del barrio Roma-Norte, un poco más exclusivo que Tepito, mientras el partido de los Blues acaba de comenzar.
Fernando no quita la vista de Argentina-Austria desde su pequeño puesto de juguetes que regenta con su madre.– Aymeric LE GALL
Si a una de ellas, Anaïs, de 25 años, le gusta el fútbol, no tenía idea de que aquí la gente lo había convertido en su religión número uno, por delante de Jesús y el tequila. “Así que dejé mi camiseta de los Blues en París, ¡estoy disgustada! Estábamos en Cancún antes de llegar a México y para el primer partido de los Blues fue una locura. Desde el principio ya no había ningún servidor funcionando”, se ríe.
Su amiga Manon interviene: “Sí, acabas de tener al tipo que rastrillaba la arena en la playa pero se podía ver que era para crear una ilusión. Creo que es genial. Realmente sentimos que algo está sucediendo en el país. Cuando vamos a la fanzone en el centro histórico, es una locura cuánta gente hay frente a las pantallas gigantes. »
Aurora, publicidad viviente del Mundial de México
Si hasta ahora nos habíamos negado a poner un dedo del pie en una zona de aficionados marcada como “FIFA”, estos dos amigos nos dieron ganas de romper un poco las reglas. Y no nos decepcionó, por decirlo suavemente. Entre las decenas de miles (!!!) de personas que acudieron a presenciar el partido entre Colombia y la RDC en la plaza del Zócalo, en vísperas del último partido de la fase de grupos de México en el estadio Azteca, nos encontramos con Aurora, de 67 años, la personificación de la pasión mexicana.
Bandera del Tri ofrecida por Coca Cola en su espalda (“¡No tomo Coca pero aun así les quité la bandera (risas)!”), vibra con cada acción soplando en su chirriador de lentejuelas. “Vine a calentar (sic) antes del partido de mañana y a apoyar a nuestros amigos colombianos. El ambiente es maravilloso. ¡Aquí deberían haber organizado todo el Mundial y no entre los gringos! Pero ustedes conocen la FIFA y su amor por los poderosos”, respira este aficionado del club Chivas.
“¡Y dinero!” añade su amiga Leticia, unos años más joven. Como siempre, eligieron el dinero y no el corazón y la pasión. Hubiera sido mil veces más loco hacerlo aquí, nos lo merecíamos este Mundial…”
Aurora (derecha) y Laeticia (izquierda) vinieron a alzar la voz frente al Colombia-RDC antes del partido de México del día siguiente.– Aymeric LE GALL
Al ver a estos dos jubilados divertirse como dos adolescentes, a nosotros también nos invade el arrepentimiento. Peor aún, con ira. ¿Cómo podríamos, cuatro años después de una Copa del Mundo en Qatar, ya lejos de la idea que tenemos de una celebración popular, pasar la Copa del Mundo a los estadounidenses que están enojados por ella como por el calentamiento global? En un mundo ideal, la fiesta debería haber tenido lugar aquí y en ningún otro lugar.
Tanto es así que la idea de volver a cruzar la frontera nos provoca escalofríos. Pero es demasiado pronto para pensar en ello, esta tarde México juega en el Azteca y estamos temblando de anticipación. Y Aurora nos advirtió, muy en serio: “No podemos ir al estadio, es demasiado caro. Espero que seáis conscientes de la suerte que sois, es un privilegio poder vivir esto. » Lo sabemos muy bien y no dejaremos de enviarle fotos, con el gran pesar de dejar atrás este país loco y futbolístico.

