Los parlamentarios refutan los cálculos agrícolas sobre la renegociación de la deuda

En un universo de R$ 256 mil millones en deudas consideradas problemáticas en el agronegocio, alrededor de R$ 100 mil millones tendrían potencial para ser renegociados, con un costo de R$ 5 mil millones para la Unión en el primer año, si el proyecto de ley que trata ese tema avanza en la Cámara de Diputados y es sancionado por el presidente Luiz Inácio Lula da Silva. Ésta, al menos, es la estimación que presentan los técnicos y parlamentarios involucrados en la formulación de la propuesta.
El texto fue aprobado la semana pasada por el Senado Federal con el número PL (Proyecto de Ley) 5122/23, en votación simbólica. La propuesta, que tuvo origen en la Cámara, sufrió importantes modificaciones y ahora regresa a la Cámara iniciadora para su aprobación final.
Las cifras presentadas contrastan con los cálculos utilizados por el Ministerio de Hacienda para estimar el impacto fiscal de la medida.
Según el equipo económico, el proyecto podría generar un costo de hasta R$ 140 mil millones en equiparación de intereses durante los 13 años previstos de operación.
Los formuladores de la propuesta afirman que este cálculo considera un universo potencial de operaciones mayor al que realmente encajaría dentro de las reglas del programa.
En un intento por evitar catalogar el proyecto como una de las llamadas “agendas bomba” que se discuten en el Congreso Nacional, técnicos y parlamentarios que participaron en la redacción del texto reunieron a periodistas para detallar los números utilizados por el grupo.
La valoración presentada es que los criterios incluidos en el proyecto reducen significativamente el alcance de la propuesta y, en consecuencia, su coste potencial.
Debate confuso
El argumento central del grupo es que el debate público mezcla diferentes conceptos.
Según los cálculos presentados, el stock total de crédito vinculado al agronegocio asciende actualmente a R$ 1,226 billones. De ese total, 952 mil millones de reales están dentro del sistema financiero y otros 274 mil millones de reales corresponden principalmente a operaciones estructuradas fuera de los bancos, como los CPR (Notas de Producto Rural).
Dentro del sistema financiero, los llamados cartera de agronegocios estresada – que reúne operaciones en mora, renegociadas, prorrogadas o retrasadas – alcanzó R$ 187 mil millones en abril de este año, según datos del BC (Banco Central) presentados por técnicos.
El monto representa un crecimiento de alrededor del 392% en poco más de dos años, ya que en enero de 2024 el valor era de aproximadamente R$ 38 mil millones.
Utilizando el porcentaje de estrés del 20,9% identificado por el BC sobre todas las operaciones rurales, incluidas las fuera del sistema financiero, los formuladores del proyecto estiman que la cartera potencialmente problemática del sector podría alcanzar alrededor de R$ 256 mil millones.
Destacan, sin embargo, que esta cifra no representa el universo que podría renegociarse si el proyecto se convierte en ley.
El grupo afirma que el cálculo del Tesoro no tiene en cuenta en su totalidad los filtros incorporados al texto durante las negociaciones llevadas a cabo durante los últimos meses.
El proyecto establece que sólo podrán solicitar la renegociación los productores que registraron pérdidas en al menos dos cosechas entre 2019 y 2025, con una reducción mínima del 30% en los ingresos esperados. Además, las pérdidas deberán acreditarse mediante informes técnicos.
Las reglas también restringen el acceso a productores con operaciones renegociadas y vencidas o con incumplimiento registrado recién después del 2 de enero de 2024.
En opinión de los técnicos, estos criterios eliminan una parte importante de la actual cartera estresada.
Con base en experiencias previas de renegociación rural, estiman que sólo alrededor del 40% al 50% de esta cartera potencial podría superar todos los filtros previstos en la propuesta, lo que resultaría en un potencial cercano a R$ 100 mil millones en operaciones elegibles.
Los participantes del encuentro enfatizaron que este valor no representa una contratación inmediata, sino una estimación del universo potencial. La renegociación efectiva dependerá de la regulación gubernamental, la adhesión de los productores, la participación de las instituciones financieras y la disponibilidad de las fuentes de financiamiento previstas en el proyecto.
La propuesta autoriza, pero no obliga.
Los formuladores también argumentan que el proyecto tiene carácter autorizante. La ley no crea desembolso automático o valor global obligatorio, siendo el propio Poder Ejecutivo el responsable de definir el tamaño del programa y calibrar su ejecución de acuerdo con las condiciones fiscales de cada año.
La principal divergencia surge en la ecualización del costo de intereses. El Ministerio de Hacienda proyecta un impacto de hasta R$ 140 mil millones en 13 años (tres períodos de gracia y diez de pago).
Según los partidarios de la propuesta, esta estimación considera un “escenario extremo”: supone que todo el universo se contraería y toma como referencia las condiciones actuales del mercado, incluida la Selic al 14,5% anual.
Los técnicos replican que alrededor del 40% del volumen (40 mil millones de reales de los 100 mil millones previstos) utilizaría fuentes que no requieren compensación directa por parte del Tesoro, como fondos constitucionales, recursos de Funcafé y depósitos a la vista del SNCR (Sistema Nacional de Crédito Rural).
El programa de igualación afectaría sólo a los 60 mil millones de reales restantes. Como parte de estos contratos ya recibe subsidios del Pronaf y Pronamp, el gobierno solo asumiría el costo adicional de la nueva tarifa.
Considerando una tasa promedio de 5,5% anual para las renegociaciones y la Selic en 14,5%, la diferencia inicial sería cercana a los nueve puntos porcentuales. Aplicada a los 60 mil millones de reales, la cuenta indica un costo de 5 mil millones de reales en el primer año, el pico del programa.
La estimación es que el subsidio anual caerá a alrededor de R$ 500 millones en el último año, impulsado por la amortización de la deuda y la expectativa de caída de la tasa Selic.
Los formuladores también sostienen que fuentes como los excedentes de los fondos existentes y del Fondo Social no tienen un impacto directo en el resultado primario, reduciendo la necesidad de nuevos gastos presupuestarios.
La discusión adquirió relevancia política porque la etiqueta de “agenda bomba” comenzó a ser utilizada por el gobierno para resistirse a la propuesta. Entre bastidores, el equipo económico trabaja para frenar el asunto en la Cámara y evalúa alternativas que incluyen vetos o cuestionamientos en el STF (Tribunal Supremo Federal).
Por otro lado, el sector agrícola presiona por un proceso rápido, argumentando que los pasivos se definan antes del lanzamiento del próximo Plan Cosecha.
La senadora Tereza Cristina (PP-MS), una de las impulsoras de la propuesta, dijo a los periodistas que los criterios de encuadre se incorporaron a partir de discusiones con el propio equipo económico.
“El marco es un ejemplo. Lo aprovechamos mucho porque pensamos que era un marco justo para atender a los productores rurales que tienen problemas de endeudamiento y que quedarían fuera de la actividad productiva”, afirmó.
Según el senador, aunque es difícil estimar cuántos productores cumplirán simultáneamente las cuatro restricciones del texto, el proyecto es fundamental para viabilizar el futuro del sector.
“Es muy subjetivo quiénes podrán acceder, quiénes son las personas que tenían dentro de esas cuatro restricciones y podrán tomar estos recursos. Pero creo que lo mejor es enemigo de lo bueno. Y este proyecto atiende a una enorme gama de medianos y pequeños productores que hoy estarán fuera de la actividad. Si solucionan el problema del pasado, podrán acceder al futuro, que es el próximo Plan Cosecha, y seguir produciendo”, destacó.



